En un giro inédito para la banca venezolana, el Banco Plaza sustituyó las agencias de modelos por sus propios trabajadores de taquilla para presentar su nueva línea de uniformes en una pasarela de alto nivel en Caracas.
La iniciativa, desarrollada en alianza con el Instituto de Diseño de Caracas (IDC), convirtió un proceso administrativo rutinario en un certamen de innovación donde 15 estudiantes compitieron para redefinir la estética financiera bajo estándares de producción industrial.
El proyecto permitió que los estudiantes de diseño compitieran para crear los nuevos uniformes de la institución, con ello salir de las aulas para conocer las agencias y escuchar directamente a los empleados, logrando propuestas que fusionan el rigor de la herencia portuguesa con el cinetismo venezolano y el modernismo arquitectónico de las sedes bancarias.
La estrategia rompió el molde tradicional de la sastrería empresarial al priorizar la funcionalidad y el sentido de pertenencia por encima del simple cambio de logotipos. Tras un filtro técnico riguroso, solo tres colecciones completas llegaron a la gala final, destacando por estructuras que abandonan la rigidez del uniforme clásico para ofrecer piezas versátiles con sello nacional.
El primer lugar lo obtuvo Gabriela León, con su propuesta «El Manifiesto de la Simplicidad», mientras que María Fernanda Ponte («Geometría de un legado») y Oriana López («Banco estilo Chanel») fueron las finalistas. Además, que las estudiantes Mariana Ramos, Valerie de Abreu y Valeria Parada obtuvieron menciones especiales.
La moda llega a la oficina
Esta colaboración académica-privada permitió que el talento emergente enfrentara las exigencias de un cliente real, mientras que la institución financiera logró que sus colaboradores validaran la comodidad de las prendas en el escenario antes de su implementación definitiva en la red de agencias a nivel nacional.
Más allá de la estética, el evento subrayó un cambio en la identidad institucional que apuesta por el talento joven y la humanización de la marca desde sus procesos internos. Para los organizadores, la clave del impacto visual no residió en el desfile per se, sino en la integración de la plantilla en una decisión que afecta su rutina laboral diaria, transformando la percepción del uniforme de una imposición a una herramienta de orgullo profesional.
Sobre el trasfondo de esta alianza y la conexión emocional lograda entre diseñadores y trabajadores, los promotores de la iniciativa fueron tajantes al afirmar: «Lo más poderoso de todo esto no es a qué estudiante le eligieron el diseño, es el sentido de pertenencia que construyeron incluyendo a su propia gente en esta decisión y en la pasarela».


