Este jueves 20 de agosto falleció uno de los grandes fotógrafos venezolanos, Nelson Garrido (Caracas, 1952), a tan solo cuatro días de cumplir los 74 años. El artista, que prefería ser llamado “agitador cultural y terrorista poético”, murió en la capital venezolana luego de que su salud se deteriorara en los últimos tres meses, así confirmó su hermano Víctor Garrido en la red social X.
La noticia ha enlutado al mundo del arte, Garrido fue el maestro de toda una generación de creadores que aprendieron a mirar bajo su égida.
Siendo hijo de un diplomático venezolano, se exilió en Europa siendo un niño junto a su familia, huyendo de la dictadura de Marcos Pérez Jiménez. La circunstancia, sin embargo, le permitió asistir siendo adolescente al taller de Carlos Cruz-Diez en París, uno de los padres del cinetismo. Aquella experiencia resultó decisiva para su formación artística. “La fotografía para mí es un hecho chamánico. Le robas un poco de alma a la gente cuando le tomas una foto”, expresó el creador en Quito en 2016.
Al retornar a Caracas, cursó estudios de diseño y también de arquitectura en la Universidad Central de Venezuela, antes de tomar la cámara e iniciar un cuerpo de trabajo en el que retrató, por un lado, las tradiciones populares y religiosas del país junto a la Fundación Bigott y, por otro, un discurso plástico en torno a temas como la violencia, el erotismo, el poder y la religión. Siempre con la provocación como punto de partida. Meter el dedo en la llaga fue una de sus especialidades.
“Lo que traté y trato en mi obra fotográfica es la realidad del país. Es la puesta de la realidad. No vas a ver allí un lenguaje subversivo, sino la realidad misma que estábamos viviendo y que ahora se ha multiplicado”, comentó durante una conferencia en Casa de América Catalunya en 2017.
De sus obras más emblemáticas destaca el fotomontaje Caracas Sangrante (1996), da cuenta de lo anterior, mostrando el complejo de Parque Central y las calles adyacentes cubiertas por ríos de sangre. “Esa obra funciona como imagen porque refleja la ansiedad que estábamos sintiendo y seguimos sintiendo todos. La hice como un individuo que estaba bajo la presión de esa angustia. Me habían invitado a una exposición sobre la ciudad, y todo el mundo hacía la Caracas utópica, bonita; y me decía: ¿Aquí nadie está viendo esto? Entonces hice la pieza por arrechera”, explicó en vida.
Sus últimos años, Garrido estuvo trabajando en su serie Desechos excrementales, siempre negado a abandonar el país. “No quiero irme de aquí. Para mí, vivir aquí tiene un sentido. Tengo muchas cosas que hacer en Venezuela. Respeto a los que se fueron. Viajo, me invitan al extranjero, doy talleres, tengo relaciones internacionales, pero me quedo aquí. En este apartamento no tengo agua, no tengo ascensor. Más caótico que vivir acá, difícil. Pero me quedo porque mi fuente de inspiración es el país. Yo no creo en los escudos ni en las banderas, ni en los himnos nacionales ni en la patria. Creo en la pertenencia”, expresó en una de sus últimas entrevistas. Y se quedó. Quizás no haya mejor manera de resumir su relación con Venezuela: mirar hasta el final aquello que nunca dejó de dolerle.